El desastre de Peñalosa y el fetiche de los gerentes

Por: Ariel Ávila, subdirector – Pares


El balance es más negativo que positivo en estos casi tres años de la administración Peñalosa. Al final, las grandes obras que se esperaban no van a salir, en el mejor de los casos las dejará en licitación o apenas abriendo huecos. Por ejemplo, del famoso Senderos de los Cerros no hay nada, está en ceros, ni siquiera tiene la licencia ambiental. El nombrado Malecón del Río Bogotá no existe, tampoco hay nada. La troncal de la séptima tiene, por lo menos, un año de retraso y lo del Metro tiene tres, todo debido a que la actual administración cambió o tiró a la caneca de la basura los adelantos importantes del metro subterráneo. La troncal de la 68 apenas está en fase de estudios, difícilmente antes de 6 meses saldrá a licitación. En fin, casi todo se quedó en promesas.

En la Secretaría de Integración Social solo dos años después de arrancar la administración se entendió lo que era una política social, antes era tomar fotos en barrios populares de Bogotá. Por ejemplo, por varios meses la política social del habitante de calle era bañarlos, afeitarlos, darles una comida, obviamente tomarles una foto y luego sacarlos de nuevo a la calle. En la Secretaría de Educación se tiraron al traste todos los avances de las anteriores administraciones, por ejemplo, el gran sistema de Información que se construyó, el más grande de Latinoamérica, se olvidó. Y así sucesivamente. Ahora, la administración Peñalosa ha tomado como grandes políticas tumbar árboles, matar palomas e insultar a cualquier analista y periodista que los critique.

Todos estos problemas se derivan de dos cosas: por un lado, una inoperancia institucional, que también podría llamarse ineptitud de varios funcionarios; por otro lado, una serie de instrumentos públicos que ponen en aprietos cualquier arranque de obra, instrumentos que causan los mismos efectos en diferentes ciudades del país.

En todo caso, el tema de fondo es que la administración Peñalosa se eligió bajo el argumento de que Bogotá necesitaba un gerente y no un político. El argumento desde el inicio era peligroso, ya que la administración pública no es lo mismo que administrar una empresa o la administración privada. Confundir ambos conceptos provoca fenómenos de