El círculo de los afectos

Nada comparable a tus manos, ni nada igual al oro-verde de tus ojos. Mi cuerpo se llena de ti por días y días. Eres el espejo de la noche. La luz violeta del relámpago. La humedad de la Tierra. El hueco de tus axilas es mi refugio. Toda mi alegría es sentir brotar la vida de tu fuente-flor que la mía guarda para llenar todos los caminos de mis nervios que son los tuyos, tus ojos, espadas verdes dentro de mi carne, ondas entre nuestras manos. Solo tú en el espacio lleno de sonidos. En la sombra y en la luz; tú te llamarás auxocromo, el que capta el color. Yo cromóforo, la que da el color. Tú eres todas las combinaciones de números. La vida. Mi deseo es entender la línea, la forma, el movimiento. Tú llenas y yo recibo. Tu palabra recorre todo el espacio y llega a mis células que son mis astros y va a las tuyas que son mi luz.

Carta de Frida Kahlo a Diego Rivera


Por: María Victoria Ramírez


Tomé el título de esta columna del subtítulo de un libro de fotos y documentos inéditos de Luis-Martín Lozano sobre Frida Kahlo. Es un regalo que llegó a mis manos, por casualidad, por los días en que el Museo Nacional de Colombia presentaba la exposición “Diego, Frida y otros revolucionarios”. En la portada del libro, de fondo amarillo, aparece una fotografía de Frida en blanco y negro, tomada en 1937, de autor desconocido. En ella, Frida está sentada en una especie de cama sol rayado, bajo un árbol; viste una falda larga de calado laborioso, un huipil mejicano, lleva el cabello recogido en una trenza que se enreda alrededor de la cabeza como en una corona.


El libro abre con la siguiente frase de Frida: “Lo único que quiero en la vida son tres cosas: vivir con Diego, seguir pintando y pertenecer al Partido Comunista”, pronunciada pocos días antes de su muerte, expresaba sus tremendas ganas de vivir. Una vida por demás difícil debido a grandes limitaciones de salud, pero cargada de proyectos artísticos, políticos y personales.


Me resulta un poco extraño adentrarme en la intimidad de alguien a quien siempre he admirado por haber inspirado a muchas feministas. Los retratos, 133 en total, de Frida desde su infancia, su familia, sus amigos, y por supuesto Diego Rivera, su esposo, me revelaron unas profundas relaciones entre ella y su familia, especialmente con sus hermanas. La imagen que tenía hasta el momento, era la de una mujer cuya obra pictórica estuvo aguzada por el dolor físico permanente que le dejó un accidente a los 14 años y por un amor indestructible a Diego Rivera; nunca la había percibido en su papel de tía preocupada y amorosa.


Muchas de las fotografías de este libro son de autor desconocido y expresan melancolía, a pesar del aspecto festivo de los trajes mejicanos y los accesorios llamativos con que se vestía, que le dieron un sello único a Frida.


Frida haciendo la primera comunión, Frida en Nueva York, Frida recostada en un sillón, Frida con una muñeca en la Casa Azul de Coyoacán, Frida con su sobrina Isolda, Frida recostada en el pecho de su hermana Cristina, Frida fumando, Frida con la mirada perdida en el claustro del Instituto de Artes de Detroit, Frida junto a sus obras, Frida en silla de ruedas, Frida acostada pintando en su icónica cama.


Nada podría llamarse tan humano y más ‘femenino’ que la obra de una mujer que fue parida y hecha en el dolor y, sin embargo, Frida fue también testimonio de rebeldía contra el eterno femenino. Yo me regodeo hojeando el libro e imaginando los últimos minutos de la vida de Frida, pues se especula sobre las verdaderas causas de su muerte, ya que nunca se realizó una autopsia. Sin embargo, se adivina en las últimas palabras que consignó en su diario: "Espero alegre la salida y espero no volver jamás", que el dolor que padeció toda su vida pudo haberle hecho percibir la muerte como su único rescate y haber encontrado ayuda para cruzar ese umbral en el círculo de sus afectos.