El año del medio ambiente

Por: Germán Valencia

Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia


Iniciamos un año especial para la humanidad. En este celebraremos los primeros 50 años de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Humano, realizada en Estocolmo, Suecia, en 1972, donde se posicionó al medio ambiente como el tema central para el planeta. Desde ese año la humanidad tomó la decisión de tratar los temas ambientales como eje articulador del desarrollo y los derechos humanos.

Entre las decisiones más importantes de aquella histórica conferencia estuvo la creación del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA). Además, se asumieron, por lo menos, 26 principios –que aún continúan vigentes– y un plan de acción relacionado con el  monitoreo, la evaluación, la gestión y la planeación del cuidado del ambiente a nivel global.

En breve, desde aquel histórico momento, del cual hoy celebramos las bodas de oro, la comunidad internacional se comprometió al cuidado del medio ambiente, a incluir a la naturaleza en las teorías del desarrollo y el crecimiento económico, y a pensar, seriamente, en la formulación de políticas en todos los niveles –internacional y nacional– para preservar este bien público global.

De allí que este año se realizará, en  junio, la reunión Estocolmo+50, donde se hará un balance de lo logrado en cinco décadas de cuidado o descuido en torno a la acción ambiental. Además, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) ha declarado este año como el del medio ambiente, y ha invitado a gobiernos, empresarios y sociedad civil a que se unan en esta efeméride para reflexionar de forma profunda sobre el cuidado de la naturaleza.

Esta conmemoración se hace, justamente, luego de realizar en Glasgow, Reino Unido, en noviembre de 2021, la Conferencia Internacional sobre el Cambio Climático (COP26). Allí, alrededor de 200 países se dieron cita para evaluar los avances en el cumplimiento del Acuerdo de París, otro gran pacto –realizado en 2015– en torno al calentamiento global y la urgencia de hacer un giro hacia un modelo energético sostenible.

El cambio climático es un fenómeno que ha logrado ponerse –junto a la pobreza y la pandemia– en la agenda más urgente e importante a atender por la humanidad en la actualidad. Este es un fenómeno natural –pues habrá cambios en el clima mientras exista la Tierra–, pero se ha convertido en un problema planetario desde hace dos últimos siglos, cuando se ha visto acelerado la trasmutación del clima –entre frío y calor– en todo el mundo.

Desde la primera revolución industrial, con el nacimiento del sistema capitalista, se ha provocado un acelerado cambio climático, convirtiendo a este fenómeno en la principal falla de mercado. El uso de combustibles fósiles –gas, gasolina y petróleo–, la producción a gran escala, el urbanismo y el consumismo exagerado han causado un aumento del dióxido de carbono (CO2), metano (CH4) y óxido nitroso (N2O) en el planeta.

Es decir, la mano de la humanidad ha logrado incidir en la transformación del clima. Y con ello, estamos afectando toda la vida humana: desde el mundo micro hasta la macroesfera. Nos hemos convertido en la especie más peligrosa y dañina del planeta. Hemos asumido, tal vez sin darnos cuenta, el papel de destructor del mundo.

De allí la insistencia de la comunidad de naciones, ambientalistas y de liderazgos políticos responsables con el ambiente de que asumamos, en primer lugar, conciencia de esta situación; y, en segundo lugar, de que tomemos acciones que permitan no avanzar en la afectación desastrosa del planeta. Nuestro deseo desmesurado de crecer económicamente ha generado que el mundo se enfrente a inundaciones –como ocurrió en 2019 en África y Asia– y a calores extremos –como nos pasó ese mismo año en el Cono Sur y en Norte América–.

Ahora bien, es cierto que Colombia, como territorialidad, aporta poco a la emisión de bióxido de carbono al mundo y, por el contrario, se comporta como un pulmón que limpia el aire y lo purifica. Pero, como población debemos tomar con responsabilidad el llamado que se hará este año al cuidado del medio ambiente. Esto debido, por lo menos, a dos razones:

La primera, es necesario que la población tome conciencia del fenómeno planetario que se está presentando, para que nuestra responsabilidad con el ambiente se lo ponga en la agenda, tanto del gobierno como de las empresas –mercado– y sociedad civil. Debemos saber que estamos dejando una huella de carbono y que pequeños actos como dejar el carro en casa o seleccionar mejor los envases que utilizamos para guardar los alimentos son pequeñas acciones para un gran propósito.

La segunda, es que seamos conscientes de la importancia de nuestro territorio para el mundo. Tenemos una gran riqueza natural que debemos salvaguardar. No podemos seguir destruyendo los bosques y selvas. Hay que presionar al Estado para que tome medidas serias y no permita que se siga destruyendo la Amazonía o la selva chocoana. Dejar de captar el dióxido de carbono es también un atentado directo contra todo el planeta.

Siendo altruistas, nuestra conducta cuidadosa y consciente podría aportar, por lo menos, a avanzar en nueve de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible. Podríamos contribuir a que regiones vulnerables como el África, donde existe más de 118 millones de personas en condición de extrema pobreza, puedan ver mermadas las olas de calor extremo y sequías o las grandes inundaciones que ahogan sus esperanzas.

Y si fuéramos egoístas, podríamos contribuir a que se desacelere el cambio climático, y con ello, incidir positivamente para que en lugares costeros como Arboletes, en Antioquia, el mar no destruya su volcán de lodo y con ello el turismo; para que manglares, como el de la Ciénaga Grande de Santa Marta, no sean consumidos por las aguas ácidas del océano, acabando con los culturas ancestrales; o para que el calentamiento no siga derritiendo los glaciares de nuestros nevados, como el del Cocuy.

Hay que ponernos en la tarea seria de controlar nuestra bestia destructora del planeta. Y así como logramos regular la producción de bombas nucleares, debemos de forma similar controlar el cambio climático. De lo contrario, como lo pronosticó nuestro nobel de literatura, Gabriel García Márquez, en su visión de El cataclismo de Damocles, en pocos siglos estaríamos cumpliendo su presagio:

“[…] más de la mitad de los seres humanos habrá muerto, y el polvo y el humo de los continentes en llamas derrotarán a la luz solar; y las tinieblas absolutas volverán a reinar en el mundo; un invierno de lluvias anaranjadas y huracanes helados invertirá el tiempo de los océanos y volteará el curso de los ríos, cuyos peces habrán muerto de sed en las aguas ardientes, y cuyos pájaros no encontrarán el cielo; […] la creación habrá terminado; en el caos final de la humedad y las noches eternas, el único vestigio de lo que fue la vida serán las cucarachas”1.


[1]Gabriel García Márquez, agosto 8 de 1986, El cataclismo de Damocles. En https://elpais.com/diario/1986/08/09/internacional/523922413_850215.html

 

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