Colombia internacionalmente paria

Por: Guillermo Linero  Escritor, pintor, escultor y abogado de la Universidad Sergio Arboleda. 


Este título de Colombia en calidad de paria, en cuanto a sus relaciones internacionales, parece insólito si tenemos en cuenta que el país ha sido considerado como poseedor de una de las democracias más sólidas del continente americano –a mi juicio, ni en apariencia lo ha sido–. Esto ha implicado, de facto, que sus relaciones internacionales sean las mejores. Sin embargo, se trata, por lo general, de relaciones basadas en vínculos comerciales o en lealtades militares.

Así se comportó el mundo occidental antes de la Segunda Guerra Mundial; y sólo hasta después de ella –con la conformación de la ONU en 1945– se desarrolló ese concepto del derecho internacional que amparaba, ya no sólo los negocios jurídicos internacionales –la pérdida de una cosecha de café, por ejemplo–, sino también las actuaciones de gobernantes malsanos contra su población –la pérdida de la vida de jóvenes participantes en una marcha pacífica, por ejemplo–.


Para ello, la comunidad internacional –especialmente los denominados países aliados– se vio en la necesidad de estructurar derechos en pro del respeto a la vida que irían un poco más allá de los llamados derechos de los ciudadanos –consagrados en las constituciones nacionales–. Esta necesidad se materializó en la legislación sobre los llamados derechos humanos que tienen jurisdicción internacional.


De ahí nace la esencia jurídica de la premisa “la vida es sagrada”, que implica un castigo terrenal distinto al milenario de la biblia, cuya connotación de advertencia consistía en un castigo celestial. En tal contexto político, bajo el cual se desenvolvería la segunda mitad del siglo XX, en términos de relaciones y compromisos internacionales,