Auge y caída del Congreso saliente

Por: León Valencia


Quién lo creyera. Este Congreso, que ya apagó todas sus luces y cierra sus puertas el 20 de julio, tuvo un momento virtuoso al comienzo de su ejercicio legislativo, después cayó con un enorme estruendo.

Los primeros 15 meses, entre agosto de 2018 y noviembre de 2019, jugó un papel crucial en el control de las acciones del ejecutivo, en la defensa del acuerdo de paz, en la discusión del plan de desarrollo y de la reforma tributaria; en el debate sobre los principales problemas del país. Parecía que estuviéramos en una democracia parlamentaria y no en el régimen clientelar y presidencialista que nos tocó en suerte desde los albores de la república.

Varios factores se conjugaron para que esto ocurriera. En las elecciones de 2018 las izquierdas, por primera vez en su historia, conquistaron cerca de 25 escaños en el senado y una buena representación en la Cámara; el presidente Duque, en el afán de marcar distancias con el gobierno de Santos, dijo que en su gobierno no habría “mermelada” para los congresistas; como consecuencia de esto y de algunas distancias políticas tejidas en la campaña, el Partido Liberal con 14 senadores y Cambio Radical con 16, se declararon en independencia; y, por otro lado, el Partido de la U se dividió, la mayoría de los parlamentarios optaron por Duque, pero varios de ellos se declararon en rebeldía.

Así las cosas, Duque sólo contó, en principio, con el Centro Democrático, el Partido Conservador, las iglesias evangélicas y una parte de la U, y con estas fuerzas no hacía mayorías claras en el Congreso. La oposición y los independientes neutralizaron la pretensión del gobierno de “volver trizas” el acuerdo de paz y gobernar al amaño del expresidente Álvaro Uribe Vélez. Las iniciativas de Duque naufragaban en medio de encendidos debates. Afuera, las encuestas castigaban severamente al gobierno y una enorme movilización social empezaba a mostrar sus orejas.

Pero llegó la ominosa pandemia desatada por el Covid-19 y, en medio de la incertidumbre y el miedo, el Congreso declaró la virtualidad de sus sesiones; Duque reculó en su pretensión de gobernar sin “mermelada” y empezó a negociar al menudeo prebendas y contratos con cada uno de los parlamentarios independientes, al tiempo que aprovechaba la pandemia para tomar decisiones vía decretos de emergencia; para completar, la oposición, en cabeza del Partido Verde y la Colombia Humana de Gustavo Petro, se enfrascó en discusiones y recelos que desdibujaron completamente su actividad. El Congreso volvió, entonces, a su tradicional talante de borrego del ejecutivo y lugar de escándalos de corrupción.

Duque, en alocuciones diarias por televisión, se tomó la palabra, abajo le contestaban algunos alcaldes inconformes con sus decisiones sobre la crisis sanitaria, un murmullo de voces de jóvenes indignados y de pobres acosados por el hambre se empezó a oír en las calles y el 28 de abril de 2021 estalló la más grande protesta de la historia nacional. El Congreso fue el gran ausente de este angustioso y crucial momento del país.

El culmen de la decadencia del Congreso saliente se dio precisamente en medio de estas enormes tensiones sociales. El 20 de julio de 2021 fueron elegidos a la presidencia del Senado, Arturo Char y a la presidencia de la Cámara de Representantes, Jennifer Arias. El uno y la otra inmersos en graves escándalos de corrupción. Char asociado a una larga historia de vinculación a actividades ilegales, clientelismo y compra de votos que está ventilando la exparlamentaria Aida Merlano; y Arias con un entorno familiar mafioso y la vergüenza de plagio de su tesis de grado en la Universidad Externado.

Ojalá el Congreso que salga elegido en las elecciones del próximo 13 de marzo recoja una por una las lecciones que deja el parlamento saliente. Las buenas y las malas. Sería fabuloso ver al nuevo Congreso debatiendo y legislando con independencia sobre los grandes problemas del país, dándole la cara a las reformas que necesita Colombia, escogiendo dignatarios con una impecable hoja de vida. Pero, para que esto ocurra la ciudadanía debe escoger bien a sus representantes. Ahí empieza la renovación de la democracia. Estas elecciones parlamentarias son cruciales.