Abran paso, la huella de la salsa

Por: Guillermo Segovia Mora Politólogo, abogado y periodista

El título de esta columna no se trata de una arenga de apoyo al clamor de cambio de Colombia, América Latina y El Caribe (aunque también). Se refiere al acontecimiento de la muerte de Larry Harlow, uno de los más talentosos músicos de la creación latina, a los 82 años, el pasado 20 de agosto, homenajeándolo con el nombre de uno de sus discos más exitosos.

Paradojas del destino. Harlow dejó este lar seis días antes de la conmemoración del aniversario número 50 de una mítica descarga, grabada en el Club Cheetah de New York, que sería la partida de bautismo de la orquesta “estrellas” y la consolidación del sello Fania, símbolos de la melodía que naciera en “El barrio”, con inspiraciones cubanas y puertorriqueñas, cultivadas por las personas latinas emigrantes o por sus hijos nacidos en la capital del “mundo”.

Larry Harlow fue apodado ‘el judío maravilloso’ gracias a la mágica coincidencia de que el monumental músico cubano Arsenio Rodríguez, de quien se nutrió en buena parte de su obra —con una versión irremplazable de “La cartera”—, estuviera acompañándolo en estudio. Cuando alguien se refirió a Arsenio como ‘El ciego maravilloso’, este trasladó a Larry el elogio. Arsenio, ciego desde niño, tuvo la creatividad asombrosa de componer un bolerazo como “La vida es un sueño” y descargas alucinantes.

De los coqueteos de Harlow con el rock y su pasión por la música cubana, anterior a los sesenta, surgió un estilo inconfundible que distinguiría para siempre una vertiente del fenómeno musical conocido como salsa. En 1971, Harlow rompió fuegos con la empresa disquera Fania con el trabajo “Abran paso”, nombre de uno de los éxitos del álbum, secundado con “Abandonada fue”, un lamento al desamor que sigue doliendo: “jugaste conmigo, pero no con mi corazón”.

En adelante, el virtuoso pianista realizó osados proyectos para evidenciar la influencia africana en las sonoridades caribeñas. Sin militancia, pero imbuido del reclamo imperecedero de los hijos de la patria grande tan maltratados por la vida, se atrevió a parodiar el intento de ópera rock Tommy de The Wold, con Hommy, la estoica cruzada de un niño con limitaciones múltiples que rompe el maleficio con la percusión: “Gracia Divina” evoca la voz de Celia Cruz, rescatada del olvido nochero de la Habana y del exilio por Harlow para esa bella ocasión.

En un trabajo posterior, Harlow se aventura a montar una suite para reivindicar la travesía musical de orígenes africanos enriquecida en puertos caribeños y aliñados en la frenética New York: Raza Latina. Desde la rumba, el guaguancó, la conga y el yambú, al danzón, bolero, el son y la guaracha, para presagiar a media fortuna con lo que podría ser el futuro. Nada promisorio desde que la industria discográfica privilegió el momento comercial (la salsa cama) que el legado. Y aún, en la “salsa romántica”, la incursión de Harlow fue afortunada pues su “Romance en salsa”, uno de sus últimos trabajos, tiene la impronta errante y bohemia que marcó su generación.

El sello Fania fue la concreción del talento comercial de Jerry Masuccy, estadounidense de origen judío, y Johnny Pacheco, virtuoso flautista dominicano crecido en la sonoridad del Bronx nuevayorquino. Sirvió de sombrilla y aprovechó la cosecha de talento artístico que bullía en el asfalto de los barrios de emigrantes latinos en una ciudad de rascacielos, apuros y miedos. De esa cantera refulgieron Harlow, Rivera, Pacheco, Colón y Lavoe, Lebrón, Rey y Cruz, Roena, Valentín y Blades (quien confrontó a los dueños por “tiburones”).

La música latina había hecho carrera en la “capital del mundo” desde tiempo atrás. Allí descollaron la percusión deslumbrante de ‘Chano’ Pozo, las grandes orquestas de Tito Puente, Cesar Concepción, Tito Rodríguez, Machito, José Curbelo y Mario Bauzá; había surgido como éxito mundial “El manicero”, en versión de Desi Arnáz, y lo que venía de La Habana, aun después de la Revolución Cubana, tenía adaptaciones que impactaban. Desde el son al mambo, el bugalú, el chachachá, la rumba y, más recientes, la timba y el songo.

Cubanos y borinqueños exiliados en la urbe del capitalismo, añorantes de su patria y sus sonidos, pero obligados a la lógica de la relación laboral, y agotados, pero con ganas de juerga, abarrotaron los 60 salones inaugurados por comerciantes calculadores. Uno de esos sitios fue el Chetaah, escogido por descarte, por los fundadores del sello discográfico Fania, para hacer una presentación juntando a distintos artistas vinculados al sello. Lo que parecía un riesgo (llenar un salón para dos mil personas) fue un éxito total. Cuatro mil almas abarrotaron el local para menearse con la “música latina” el 26 de agosto de 1971.

Con intuitiva previsión, los empresarios de Fania previeron filmar el concierto como parte de una película que quería dar cuenta del naciente fenómeno de la música latina en Nueva York: “Nuestra cosa Latina”, dirigida por Leo Gats, hoy testimonio visual de una de los grandes hitos de la música latinoamericana y parte de su identidad ante el mundo. Las imágenes del Bronx, donde hacinados malvivían los compatriotas en busca del “sueño americano”, añorando la cuadra, secundadas por cortes del concierto del Cheetah son entrañables.

Los fundadores de Fania tenían en mente un negocio: aprovechar la magnífica fusión de los aires isleños del Caribe con el acento musical de los barrios bajos neoyorquinos, que ya auguraba éxito comercial. De repente, se encontraron con que fueron los auspiciadores de una de las corrientes musicales más impactantes del siglo XX en América Latina y parte de Estados Unidos, con respeto del Jazz, el Tango, la Ranchera y las músicas autóctonas con dimensión de todo el mundo.

La etiqueta exitosa de “salsa” para denominar la música afrolatina que se comercializó en Estados Unidos fue positiva, generó un ambiente extendido desde las costas estadounidenses hasta los puertos latinoamericanos y hacia adentro de estos. Amalgamó una identidad. Sin proponérselo, marcó el reclamo desolado de los sudacas ante el mundo. Ya elaborada, dio pie a proclamas sonoras como las de Rubén Blades.

La “Salsa” es un suceso en la historia cultural de Latinoamérica que empieza a dejar de ser moda para ser referente. Se untó de todos los pros y contras de lo que ha sido la realidad y lucha de Latinoamérica y El Caribe por ser y surgir. Borracha y droga cuando de parranda se trata, también ha sido rebelde y contestaría, a veces sin pretenderlo, porque arisca ha sido para defender un lugar en el mundo. Tal vez, ahora, está cediendo el paso y generando el espacio para que otros caminen.

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