A la vuelta del cambio

Por: Guillermo Linero

Escritor, pintor, escultor y abogado de la Universidad Sergio Arboleda.


Siempre he dicho que soy de izquierda y que dejaré de serlo cuando se acabe la inequidad social. También he reconocido el valor de existencia de la derecha; y nunca he afirmado que no exista el centro. Por el contrario, al centro lo he visualizado como un medio formado por ciudadanos y ciudadanas provenientes de la izquierda o de la derecha. Con igual énfasis, he hablado acerca de cómo el centro está constituido, también, por personas que, estando en él –porque nacieron en ese limbo consciente–, un día deciden decidirse por uno u otro polo.


De modo que, guardando la coherencia, como izquierdista, no tendría la opción de votar por alguien de centro que tienda hacia la derecha, excepto si dejan de existir la pobreza y la corrupción. En la lógica de las elementalidades, es algo consecuente con la realidad política que embarga al mundo entero: que la mentalidad de izquierda –no la ideología de izquierda– se resista a transigir con los proyectos políticos inequitativos. Ese es mi punto de partida para concederles mi voto, por ejemplo, a candidatos de esa franja inestable: que su mentalidad tenga como norte la ayuda a quienes más lo necesitan. Ya voté alguna vez por Mokus –que no ha sido ni es de izquierda– y no me defraudó.

Bajo esos presupuestos, votaré a la Presidencia por Gustavo Petro, pese a su expresa intención de abandonar la izquierda para acomodarse en el centro, al menos mientras evade señalamientos de consecuencias electorales negativas; pero no dudo de que lo haga fundado en el convencimiento de que su programa y sus realizaciones seguirán siendo en favor de las poblaciones empobrecidas.

Nada distinto ocurre con el analista político Ariel Ávila, que se atornilla en el centro. Y no ocurre nada distinto porque su historia, la conocida por mí, la que me he formado escuchándolo o leyéndolo en los medios de comunicación, tiene calcados los propósitos de la izquierda. De modo que mi voto será por esos dos candidatos, y creo que no me equivocaré como se equivocan, permanentemente, quienes se aferran más a la imagen y carisma de las personas candidatas, y no a sus programas o a los delineamientos de su ideología.


Votar por Gustavo Petro parece una decisión tan elemental que ya se ha adoptado por buena parte del país con asombrosa celeridad y, en mi caso, lo haré, además, porque soy adepto al partido Colombia Humana y por su propuesta de cambios que, sin duda alguna, beneficiarán a la sociedad entera. No obstante, respecto a mi voto por Ariel Ávila al Senado, cuando apenas hasta la semana anterior fue subdirector de la Fundación Paz & Reconciliación, y no siendo él un político de sangre y nervios (como suelen serlo la mayoría de los candidatos), amerita una mínima explicación.

Lo primero que debo decir es que con Ariel Ávila nunca me he topado. Lo he visto, sí, muchas veces, en la televisión, y he leído y seguido las investigaciones que realiza en sus espacios periodísticos. Desde que empezaba su carrera, visible al gran público, me llamó la atención que, siendo tan joven, tuviera la capacidad de organizar las ideas de interés político de una manera didáctica, tornándolas casi tangibles o fáciles de visualizar. Algo singular en un contexto de expresión periodística enredadora.


Buena parte de las y los periodistas investigadores de entonces, cuando se trataba de hallazgos o noticias sobre actuaciones políticas perversas, las descartaban o se plegaban a los intereses del poder de turno. A quienes no lo hacían así, les asesinaban, exceptuando, por supuesto, a periodistas que por su propia suerte han salvado sus vidas, como Gonzalo Guillén o Daniel Coronel.


Yo tuve la fortuna de ser amigo de los periodistas Julio Daniel Chaparro –de El Espectador– y de Orlando Sierra –subdirector del diario La Patria, en Manizales–, quienes fueron asesinados porque no levantaban cortinas de humo intentando ocultar las graves noticias de las que se habían enterado. Con tantos periodistas perseguidos, se opacaron las voluntades investigativas por temor a las persecuciones o a perder la vida.


Tras un lapso de silencio obligado por los riesgos latentes, surgió de pronto la voz de Ariel Ávila, un politólogo informado, sagaz en sus investigaciones y valiente en un medio de miedo. Un medio donde, vestidos de políticos, los delincuentes derribaban los muros del civismo, fomentando una sociedad de insensibles, capaces de violar menores de edad, asesinar mujeres, o torturar y dar muerte a oponentes políticos. Ariel Ávila se atrevía a denunciar eso, y lo hacía con tanta claridad que no creerle resultaba difícil. Para entonces, su postura, segura pero desprovista de ínfulas de vanagloria, lo hacían un admirable comunicador y politólogo; ahora, con las ínfulas propias de quien se sabe seguido y admirado por miles de espectadores y lectores, es aún más agudo y más inteligente.


Ariel Ávila, como bien lo recuerda en su video de lanzamiento al Congreso, ha mostrado a la sociedad colombiana del presente político quiénes son sus enemigos, quiénes les quieren eliminar y robar, y lo ha hecho con pruebas y hasta poniendo en riesgo su seguridad y su vida. De tal suerte, ni siquiera es necesario precisar si es de izquierda o de centro, y ni siquiera es de rigor conocer su programa político para el Senado, porque Ariel Ávila ha demostrado con su trabajo diario cuánto le ánima la paz, la sana convivencia y la existencia de políticos honestos.


Ahora que está de moda la renovación, porque ya la sociedad ha advertido su urgente necesidad, el país electoral está al borde de dar el primer paso para el cambio del cual tanto pregonan Gustavo Petro, el Pacto Histórico y la Alianza Verde. Ariel Ávila, en su ejercicio de periodista y politólogo, ha contribuido mucho con ello. No es exagerado decir que él hace parte del cambio, o mejor, que es uno de sus pioneros. Igual, como está ocurriéndole a Gustavo Petro en su ronda de campaña presidencial, estoy seguro de que todo el país lo seguirá, porque sabe –descartando a quienes sacan partido del mal o prefieren ver la realidad tras las cortinas de humo– cuánto merece Ariel Ávila estar en el Senado y cuánto merece el país que a su Congreso lo integren, de verdad, personas honorables.

 

* Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad de la persona a la que corresponde su autoría y no necesariamente representan la posición de la Fundación Paz & Reconciliación (Pares) al respecto.