Entrevista
Por Francisco Véjar
Francisco Véjar es un poeta chileno, radicado actualmente en Colombia. Ejerce la crítica literaria en el diario El Mercurio de Santiago de Chile.
El chileno Marcelo Rioseco es poeta, ensayista y editor, y actualmente se desempeña como editor general de Latin American Literature Today. Radicado desde hace años en Estados Unidos, su trabajo mantiene un diálogo constante con la poesía y las tradiciones literarias de América Latina. Sus escritos se han publicado en diversas partes del mundo. Sin ir más lejos, tanto en Estados Unidos como España, se han publicado sus libros de poemas. La reciente reedición en Colombia de Espejo de enemigos, publicada por El Taller Blanco Ediciones, sirve como punto de partida para esta conversación sobre literatura colombiana, tradición, poder y el siempre incierto destino de los libros.
Recientemente publicaste Espejo de enemigos en El Taller Blanco Ediciones, Colombia, 2025. ¿Qué nos puedes decir al respecto?
La edición de Taller Blanco en Colombia me dio mucha felicidad. Las razones son diversas. Primero, fue una iniciativa de mi amigo, el poeta y editor venezolano Néstor Mendoza. Segundo, ocurrió en Colombia —que es un país que, por distintas razones, quiero mucho— y en una editorial que tiene una trayectoria y un catálogo muy potentes de literatura latinoamericana. No hay que olvidar que el nombre de la editorial es un homenaje al poeta Eugenio Montejo, quien, creo, es el ángel guardián de este oficio secreto en el cual se embarcó Néstor con su equipo. Y la tercera razón es que se trata de una reedición de la primera publicación, que había aparecido en Chile en 2011.
Esta combinación de circunstancias le ha dado a este libro una nueva vida. Ya sabes que es imposible prever el destino de los libros —Cioran insistía mucho en esto—, y este libro es un modesto ejemplo de que eso es cierto. No sabemos qué pasará con nuestros libros, si tendrán lectores, si serán acogidos en algún futuro o si les espera el peor de los olvidos. Ahora bien, cuando los libros son apreciados por los amigos, que los hacen circular entre otros amigos —que son esos lectores que no conocemos—, entonces la poesía —y la literatura en general— cobra un nuevo sentido y se convierte en fuente de una alegría inesperada. La edición artesanal de El Taller Blanco es muy cuidada, muy cálida. Yo abro esos ejemplares y los recorro como si fueran la primera vez que veo el libro. Estoy muy contento con esta reedición.
En tu libro encontramos cierta ironía con respecto al «oficio del poeta» y su relación con el poder. ¿Cuál es tu postura en relación con el oficio de escribir y su vínculo con los demás?
Espejo de enemigos es un libro escrito e inscrito en la tradición de la poesía satírica o, como se la llamaba en el Siglo de Oro español, la poesía burlesca. Se trata de una familia de lecturas extraordinariamente rica, tanto en la tradición latina como en la española. No hace falta demasiado esfuerzo para reconocer en mi libro la influencia de poetas como Marcial, Horacio o Quevedo. Es la poesía del ingenio, de la iluminación instantánea, pero también una poesía censora y censurable. La verdadera inspiración de este libro, sin embargo, fue fray Antonio de Guevara, cronista de Carlos V y autor de libros como Menosprecio de corte y alabanza de aldea y Aviso de privados y doctrina de cortesanos. Estamos hablando de literatura española del siglo XVI. Sus críticas a la corte me dieron la idea de abordar el campo literario como un espacio cortesano.
Por otra parte, el ánimo de Espejo de enemigos es lúdico y «moral» al mismo tiempo: moral en el sentido de los moralistas franceses, es decir, como una revisión crítica de las costumbres y los comportamientos sociales y, en este caso específico, de la sociedad cortesana que vive junto al poder. El título alude directamente a la tradición de los specula principum —llamados en español espejos de príncipes—, un género de literatura política, moral y pedagógica destinado a enseñar a reyes, príncipes y gobernantes cómo debían gobernar y qué virtudes debían cultivar. En mi caso, sin embargo, ese mundo cortesano no está compuesto por los cortesanos de siempre, sino también por los poetas, especialmente aquellos cercanos al poder y cuyos comportamientos reprobables son objeto de censura. Se trata de un género que tuvo una enorme difusión durante la Edad Media y el Renacimiento y que aquí utilizo para hablar de asuntos mucho más contemporáneos, como la conflictiva relación entre política y literatura, especialmente en el ámbito latinoamericano. De ahí la ironía como método de trabajo. Siempre hay en este tipo de libros míos un principio de composición y un proyecto de arquitectura.
Con respecto a la otra parte de tu pregunta, mi relación con la escritura es a fondo perdido. Todos los poetas sabemos que la poesía apenas despierta interés fuera del círculo de los propios poetas. Esto, lejos de desanimarme, me otorga toda la libertad del mundo. Hoy sería incluso posible —y acaso deseable— intentar escribir un libro como la Divina comedia, pues sería un acto tan desproporcionado e inactual como escribir hoy un poema de diez versos.
¿Cuál es tu visión de la literatura colombiana de hoy?
Colombia, me parece, es un país que ha desarrollado una literatura de gran calidad y eso se ve en el hecho de que muchos de sus escritores y escritoras circulan internacionalmente. La lista es larga y contundente. A vuelo de pájaro, se me ocurren nombres como Juan Gabriel Vásquez, Laura Restrepo, Héctor Abad Faciolince, Piedad Bonnett, Pilar Quintana, Margarita García Robayo, Santiago Gamboa, Fernando Vallejo, Evelio Rosero, Tomás González y tantos otros. Y hay muchos más. Basta ver las entrevistas que hacen en Colombia Juan Camilo Rincón y Natalia Consuegra para comprobar la inmensa cantidad de talento literario que hay en ese país.
Pero hay más. Colombia me parece un país de narradores natos, donde «se echa el cuento» de manera espontánea y con una gracia muy especial, única. Y no solo eso: es un país de grandes prosistas. Me atrevería a decir que García Márquez, Álvaro Mutis y Fernando Vallejo son tres de los mejores prosistas en lengua española de los siglos XX y XXI. Hay muchos más en el resto de América Latina, por supuesto, como Borges, Octavio Paz o Alfonso Reyes, pero esta tríada es de lo mejor. Son, además, tres escritores muy cercanos a la poesía, algo difícil de encontrar hoy en día, pues nuestros narradores, en general, tienen un desconocimiento mayúsculo de la tradición poética de sus propios países, y ni hablar de la poesía escrita en lengua española.
Otro caso curioso en Colombia es el de Nicolás Gómez Dávila. En Santiago de Chile, un librero español me habló de él como si fuera el Cioran de América Latina. Sus Escolios, me parece, van a quedar en la tradición como una piedra incómoda. Hoy no se habla mucho de él; se lo considera muy reaccionario. Y lo fue, pero fue el autor de verdaderas iluminaciones aforísticas. ¿No es maravillosa esa idea de que a la literatura pertenece todo libro que pueda leerse dos veces? O esta otra: «Una frase perfecta puede caer en el olvido, pero escapó a la muerte». Ese es Gómez Dávila. Su presencia dice mucho de la diversidad de una tradición como la colombiana.
La verdad es que no tengo dudas: como editor de Latin American Literature Today, me atrevo a afirmar que Colombia goza de muy buena salud literaria y es una referencia en el continente, lo cual debería ser motivo de orgullo.
Actualmente diriges la revista Latin American Literature Today (LALT) desde la Universidad de Oklahoma. ¿Cuál sería para ti la contribución de dicha revista?
Como editor de la revista, me resulta difícil ser objetivo, pero me atreveré a destacar algunos puntos importantes. LALT es una revista que ha hecho mucho por difundir la literatura latinoamericana tanto en español como en inglés. Hemos estado atentos, como un sismógrafo, a los movimientos más actuales de la literatura de la región, especialmente a la escritura de mujeres, que ha ocupado un lugar muy importante en todos nuestros números. Otro de nuestros logros es la sección de literatura indígena, presente desde el primer número de LALT. Hasta la fecha hemos publicado literatura en lenguas como mapudungun, tzotzil (tsotsil), mè’phàà, didxazá (zapoteco del Istmo), tu’un savi (mixteco), náhuatl, tutunakú (totonaco), ch’ol, maya yucateco, maya k’iche’, quechua y guaraní. Con el tiempo hemos ido construyendo un archivo de estas literaturas, fundamentales para comprender la diversidad cultural y lingüística de nuestra región.
LALT es, además, una revista que se publica desde Estados Unidos, lo que nos ha permitido mantener una sana distancia respecto de los campos literarios de cada país. También hemos hecho un esfuerzo sostenido por publicar literatura brasileña, que no siempre es fácil encontrar traducida al español. La Universidad de Oklahoma ha apoyado decididamente este proyecto, algo que se inscribe en la larga y sólida tradición literaria de esta institución, gracias, entre otras cosas, a World Literature Today, la revista madre que nos acoge.
Algo que nos llena de orgullo es que, en 2021, Latin American Literature Today recibió el Whiting Literary Magazine Prize en la categoría Digital Prize, otorgado por la Whiting Foundation en Nueva York. El jurado destacó a LALT como un «puente literario esencial a través de las Américas», en particular por su carácter multilingüe y por publicar literatura contemporánea en español, portugués y lenguas indígenas, junto con traducciones al inglés. Hoy, creo, somos una revista de referencia para la literatura latinoamericana, con una amplia red de colaboradores entusiastas en casi todos los países de la región. Han sido más de diez años de intenso y feliz trabajo.
¿Qué proyectos creativos tienes hoy?
Siempre hay libros pendientes, proyectos abandonados que uno retoma después. En poesía hay algo de eso, pero prefiero no mencionarlos, pues quién sabe si podré terminarlos. Javier Marías recomendaba no hablar de los libros mientras se escriben. Me parece un buen consejo: todo libro requiere mucha disciplina, trabajo y dedicación, y no vale la pena adelantarse a su publicación.
Lo que sí me gustaría escribir es un ensayo sobre la conflictiva relación de los escritores latinoamericanos con su propia tradición en lengua española: las negaciones, los desprecios y los ninguneos, los nacionalismos ciegos, la pasión por formar parte de la tradición europea, ese conflicto aún no resuelto con Occidente. También están la obsesión por el realismo y la crítica social, y la dimensión política de la literatura como memoria y archivo. Son tantas cosas. Es un tema apasionante, pues supone pensar la relación entre literatura, política e imaginación de una manera nueva, más provocadora, si se quiere, en la que la política aparece como un problema para la imaginación literaria no realista.
Y para terminar, ¿qué poetas latinoamericanos destacarías hoy?
Creo que es William Ospina quien cuenta una anécdota de Borges: cuando le preguntaron cuál era el mejor poeta de Francia, respondió: «Verlaine». «¿Y Baudelaire?», le replicaron. «Baudelaire también es el mejor poeta de Francia». ¿Y Victor Hugo?, también es el mejor. Y Ronsard, añadió, por supuesto que Ronsard es el mejor poeta de Francia, así hasta que Borges preguntó: «¿Por qué solo uno tiene que ser el mejor?». Con esto quiero decir que los poetas que uno pueda señalar solo reflejan un gusto personal, una preferencia acaso compartida por otros, pero nada más. Supongo que te refieres a poetas actuales, aunque la palabra «actual» es complicada, porque para mí hay poetas como Jorge Teillier o Roque Dalton que siguen siendo profundamente actuales. Los poetas se sientan con los muertos a hablar de las cosas que preocupan a los vivos.
Me interesan los poetas jóvenes, pero es muy difícil seguirles el rastro, especialmente cuando no son del país de uno. Los vasos comunicantes entre nuestros países apenas existen. Si tuviera que nombrar a un poeta, sería el chileno Cristian Cruz, con quien siento una gran correspondencia poética. Ahora vive en Chiloé y desde allá manda sus señales al resto del mundo. Sin embargo, me resisto a hacer listas, a nombrar poetas —especialmente a los emergentes—, a señalar a este o aquel, sobre todo en un momento en que me he puesto a releer a mis poetas preferidos. A veces el final de Primero sueño me deja estupefacto y en estado de gracia; otras, un canto de Altazor me irrita hasta lo indecible. Hay que releer para no esperar que el tiempo nos diga lo que nosotros mismos podríamos saber con un poco más de esfuerzo.



