LA PEREIRA QUE CONOCÍ

Y aquí estoy yo, brotado entre las ruinas, 
mordiendo solo todas las tristezas, 
como si el llanto fuera una semilla 
y yo el único surco de la tierra

PABLO NERUDA

La Pereira que conocí desapareció. Así da comienzo está crónica vivida de mi vida, dividida entre dos ciudades cuya distancia la una de la otra es de apenas 45 minutos en bus y un poco menos en carro particular. Pereira y Manizales son ciudades profundamente imbricadas la una con la otra y en las últimas 7 décadas, han construido una historia de amores y odios que tiene que ver con cuál de las dos ciudades es más importante que la otra.

Para manifestarse ese pequeño rencorzuelo, se creó una leyenda geográfica que da fe de esa historia  por una carrera de prestigio y reconocimiento, existe pues, en un punto de la carretera entre ambas ciudades, en el cerro de Boquerón justo en el límite de dos municipios pequeños del Eje cafetero, Dosquebradas y Santa Rosa De Cabal, un punto que se llama popularmente El Cerro de los madrazos, desde donde se pueden ver, a un lado lejana, entre montañas y niebla a Manizales y su torre catedralicia, y al otro un valle surcado de edificios a Pereira, cuentan a manera de chiste paisa que los manizaleños y pereiranos, desde ese cerro se tiraban madrazos unos a otros, y se hacían gestos procaces con los dedos.  

Empiezo mi crónica por acá, porque es necesario que los lectores de otros lugares del país y del mundo, sepan que a ambas ciudades las une una historia común, unas mismas familias hegemónicas, una historia política signada por los colores azul y rojo, dos equipos de fútbol campeones del campeonato colombiano con sendos estadios de arquitectura moderna, una economía cafetera que les dio todo su actual desarrollo y que al mismo tiempo, les hizo migrar a generar unos ingresos ya no de las tazas de tinto consumidas en cafeterías y tertulias sociales sino en grandes hoteles y parques todos en torno a la cultura cafetera.

Pero también lo que une a las dos ciudades que disputan amores y odios entre su gente que llega casi al millón de habitantes, son las tragedias en común que han compartido, los terremotos que por no ir más atrás en el tiempo, han asolado la región desde 1979, 1995, 1999 y 2026, cuyas consecuencias más trágicas ha traído este último y sobre cuyas ruinas desperdigadas por al menos 30 manzanas de la ciudad  y sectores colaterales, tienen a Pereira, respirando lentamente, herida y con fisuras que tardaran mucho en sanar.

Las Ruinas son el paisaje habitual desde hace quince días. Salí de Manizales el domingo sobre las 9:45 am, aproveché el ofrecimiento de una colega que debía ir a Pereira a recoger a su mamá y verse con su hermana y demás familiares y me abrieron cupo en su carro, por lo que el viaje duro mucho menos que si lo hubiera hecho en bus intermunicipal.

Antigua planta de fabricación de repuestos para motos CASARELLA. Ubicada en el barrio Guadalupe, Dosquebradas

Llegamos a Pereira sobre las 10:30 y me quedé en la ciudad satélite que conforma su área metropolitana junto con el municipio de la Virginia, hablo de Dosquebradas, una población de unos 250.000 habitantes aproximadamente, en cuyas calles y cuadras pasé años de mi infancia y adolescencia. Caminé sus cuadras  también lesionadas por el terremoto y recordé mi niñez  en el parque del barrio Guadalupe, en el que muchas casas quedaron con enormes daños, entre ellas un pequeño colegio tradicional que se derribó por completo, daños en el templo y en casas que antes fueron de amigos de juegos, y que se  fueron convirtiendo a fe de trabajo, esfuerzo y remesas del extranjero, en edificios de dos, tres o cuatro plantas, añadidos a la estructura inicial de lo que antes era una sencilla vivienda de un piso, estos muros hacia arriba,  son adiciones que  fueron hechas de urgencia por la necesidad de tener rentas que solventaran e hicieran más fácil la vida, pero sin estudios estructurales, muchas sin licencias aprobadas, y otras sin reforzamiento alguno, solo levantaron paredes sobre la plancha de cemento y a ojo de maestro de obra, hicieron cocinas, baños, habitaciones, y añadieron más peso, sin imaginar nunca, sin prever o pensar, en que un terremoto de las magnitudes del ocurrido, tumbaría tantos años de esfuerzo mancomunado entre viejos padres que se quedaron en el pueblo, ya convertido en ciudad, e hijos que desde España, Estados Unidos, México y Australia, enviaban remesas con las que pagaban los costos de dichas construcciones.

Calle 21, vista desde la séptima, a un costado de la catedral Basílica de Pereira. Al fondo se ven los escombros de lo que antes fue la famosa pizzería Villa Italia

Bastaron, 2 minutos aproximados y las réplicas posteriores, para que el barrio en el que me crie parezca hoy, una zona de guerra cómo si le hubieran lanzado un bombardeo que buscará desaparecerlo todo.

El daño es tan grande, que la memoria se traiciona al tratar de recordar que quedaba en el lote en el que hoy solo se vislumbran escombros y ruinas, se respira polvo, y se acompasa con un silencio inusual mucho más profundo y perturbador que el de los tiempos de la pandemia.

De allí y en compañía de Sandra, me dispuse a ir a visitar a su ciudad hermana mayor, Pereira, la visión que me esperaba era apocalíptica.

Templo de la comunidad claretiana, ubicada al costado del parque el Lago Uribe Uribe, por la carrera Séptima, en dictamen de demolición.

En el Taxi de ida le dije al conductor, -Hermano déjame lo más cerca que podás del centro- Sandra sugirió irnos por la vieja carrera cuarta, aledaña al centro y mucho menos afectada, la que sin embargo también mostraba grietas en algunas edificaciones. Nos bajamos en el tradicional Parque Gaitan, un viejo y pequeño parque donde se le rinde culto al mártir liberal, estatua por demás grafitiada. Al frente de este parque se encuentra el reconocido hospital San Jorge, el hospital público de la ciudad y que acoge la mayor demanda de heridos y lesionados por el terremoto. Su fachada lesionada por el sismo, y una de sus alas con restricciones, lo dejó operativo a un 80% de su capacidad.

Subimos por la calle 28 hasta la carrera séptima, vía arterial de la ciudad y que termina en lo que se conoce como el tradicional sector de Turin, cuya glorieta se bifurca en vías que llevan al municipio de Marsella y al Aeropuerto Matecaña. Ya volveremos líneas más adelante a referirnos con más detalle a este punto de la ciudad.

Caminamos en sentido nororiente, por la séptima hacia el parque el Lago Uribe Uribe, otro parque que homenajea al caudillo Liberal, héroe de la guerra de los mil días. Pereira es una ciudad Liberal, esa es una de sus diferencias fundamentales con Manizales, donde los bustos de líderes políticos exaltan a figuras ultraconservadoras como Gilberto Álzate Avendaño, lo que será producto de otra crónica, pues no será en está más que una mención entre bastidores. En el parque el Lago de Pereira, comienza a verse una fuerte afectación de casas tradicionales totalmente derribadas, edificios que están dictaminados con pérdida total y símbolos de la religiosidad y la pereiranidad como la iglesia del Claret, famosa en postales y vídeos promocionales, que según informaciones de las últimas horas, deberá ser demolida en su totalidad, debido a las fuertes fallas en su estructura. El derribamiento de esta iglesia, emblemática, será un golpe durísimo para la sociedad pereirana, que reunida los domingos en el lago, para tomar tinto, chupar paletas para soportar el calor, tomarse un capuchino en el Café Marruecos o refrescarse en las aguas de las fuentes del parque, advertirán en el espacio donde antes estaba el precioso templo un vacío total del que su memoria llenará con el último recuerdo que tengan de esa tradicional romería de gentes que llegaban los domingos  a misa de 8:00-12:00 y 5:00 pm.  

En términos culturales, del sector de las economías creativas, del sector de las fiestas y tradiciones, que está iglesia del Claret deba ser derribada lesiona profundamente una de las tradiciones más arraigadas del sentir pereirano, su tradicional Semana Santa, porque, aunque liberal, Pereira en su nacionalidad paisa es también una ciudad profundamente católica.

Esta fiesta religiosa tradicional movía un turismo ocasional que en su última versión de principios de este año dejó ganancias en el sector turismo, gastronomía, pago a artistas locales, entre otros de 21.000 millones de pesos, según fuentes de la Alcaldía de Pereira y en este tema templos como la Catedral, la iglesia de Nuestra Señora  conocida como San José y el Claret, eran puntos de encuentro y de partida, de pomposas procesiones que llenaban las carreras octava y séptima en un periplo de casi 10 cuadras y 5 manzanas de personas que no caminaban detrás de la procesión como es la costumbre, sino que se paraban en los andenes a ver pasar la representación de la pasión de Cristo los jueves, viernes, sábado y domingo santos, sacaban banquitos de madera y plástico, tomaban cerveza, comían pizza y hamburguesas, entre otras viandas alimenticias,  moviendo unas microeconomías que daban sustento a pequeños emprendimientos durante esa semana, sumado a esto la llegada de turistas que mueven reservas de hoteles, consumen en restaurantes de todo nivel económico, derechos de transmisión en canales locales de las procesiones y un largo etcétera de factores que en estos cuatro días movían grandes sumas de dinero.

Muchos artistas locales como orquestas sinfónicas de la  UTP, cantantes locales de música religiosa, luminotécnicos, sonidistas, actores de teatro, restauradores de imágenes, lograban contratar su talento al servicio de una fiesta que quizá para los próximos años deba hacer las procesiones sobre una ciudad con lotes baldíos, ruinas no recogidas a tiempo, y mucho menos presupuesto para temas culturales, pues la Semana Santa ya no era liderada por el clero pereirano, sino que el Instituto de Cultura de Pereira, entendiendo su importancia tomó las riendas de su organización y destinó recursos en sus últimas ediciones para su realización.

Esta primera afectación del sector cultural deja el terremoto del pasado 10 de agosto, templos que deberán demolerse, presupuestos para realización de fiestas religiosas disminuidos, infraestructura cultural en reconstrucción, una visión de la tragedia que no cuentan en las noticias, un sector que la gente cree que no se ve afectado, unos oficios que ya no serán contratados.

Las grietas del sector cultural que deja el terremoto necesitan ser visibilizadas, este es apenas el comienzo de una serie de artículos o semblanzas sobre ellas.

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Miguel Ángel Rubio Ospina