El año pasado estuve en Aracataca, no conocía el pueblo donde nació nuestro colombiano más importante. Fui porque se celebraba el Primer Festival Macondo. Nadie está preparado para vivir una fiesta cultural de esas dimensiones. Gabo es la vida. Aunque en Aracataca ya no se detenga el tren, sigue siendo un monumento vivo a la literatura. Del 3 al 5 de septiembre, la ciudad le abre las puertas de nuevo a los miles de turistas que siguen enganchados al encanto de Macondo. Esta vez, además, se honrará la memoria de uno de sus más queridos amigos: Rafael Escalona.
Gabo es el amigo por excelencia. Gracias a sus amigos, pudo acercarse a la literatura. Sus amigos son tan importantes que los convirtió en personajes en Cien años de soledad. Allí están Álvaro Cepeda Samudio, el cabellón, hablando sobre Rabelais, Alfonso Fuenmayor, centrado en las greguerías de Ramón Gómez de la Serna, Luis Vinyes es el librero catalán, y el propio Gabo aparece allí, en pleno grupo de Barranquilla, apadrinado por acaudalados clientes de La Cueva, como Julio Mario Santo Domingo. Pintores como Alejandro Obregón amenizaban bien esa fiesta.
Cuando llegó la gloria estaba en México. Allí terminó de escribir su novela cumbre. En México estuvo con Álvaro Mutis, sibarita, cosmopolita, poeta y tramador. Fue la mano que lo sostuvo y ayudó, como lo hizo Plinio Apuleyo en París. Pero, a diferencia de Mendoza, Mutis jamás recordó los años en los que le dio trabajo como publicista y cineasta en Churrubusco. Por eso, Mercedes nunca lo sacó del cofre de sus afectos. Luis Alcoriza, cineasta, fue otro de los bastiones en México. Pero no olvidemos a dos amigos vitales para Gabo, el poeta español Jomi García Ascolt y María Luisa Elio, a quienes García Márquez dedicó el libro. Esta última, actriz también perteneciente a la diáspora que huyó de Franco, escuchó con paciencia los primeros esbozos de Cien años de soledad cuando Gabito estaba escribiéndola. El escritor siempre le agradeció el haber sido su primera lectora.
La fama trajo nuevos amigos como Pablo Neruda, quien lo visitaba en su apartamento en Barcelona, en los años en los que estaba al cuidado de otro de sus ángeles, la editora Carmen Barcells. El parche en Barcelona era poderoso e incluía a buena parte del boom, José Donoso y Mario Vargas Llosa, con quien sostuvo una tórrida amistad. Carlos Barral, poeta y editor, fue otro de sus íntimos en ese periodo español. Con el Nobel sus amistades se convirtieron en un cuento aparte. Allí se encontró con el sindicalista y político polaco Lew Walesa, el cineasta Roman Polanski, con quien compartía la pasión por los toros, el venezolano Teodoro Petkoff y el actor Anthony Quinn, quien quiso convencerlo de que le vendiera, por dos millones de dólares, los derechos de Cien años de soledad para llevarla al cine.
En Colombia, sus amigos siempre fueron los mismos, aunque se acercó peligrosamente al poder, lo que le llevó críticas de la izquierda. Entre los expresidentes que más quiso estuvieron Belisario Betancur y Alberto Lleras Camargo, quienes además eran avezados escritores. Con Fidel Castro logró hacer una amistad que le granjeó tempestades, pero Gabo siempre fue más fuerte que cualquier cosa.
Él estuvo convencido de que la literatura era la mamadera de gallo más hermosa jamás creada por el hombre y por eso, celebrar sus letras es honrar la rumba. Que el Festival Macondo en su segunda edición sea eso, una fiesta de los libros, del vallenato y la Costa.



