¿Paz duradera o un nuevo ciclo de violencias?

León Valencia Conflicto, paz y posconflicto, Home noticias

¿Cuál será la trascendencia de la firma de un acuerdo in-tegral de paz? ¿Qué está en juego en la actual coyun-tura del país? Nos hacemos estas preguntas al analizar

todas las cifras, todos los hechos que ha recogido la Fundación Paz y Reconciliación desde el 2012 para sus informse sobre el conflicto armado y violencia. Recorrimos un poco la historia y retrocedimos veinte años para mirar situaciones similares a la actual. Encontramos un gran parecido entre el periodo que se inició en el 2010 y la situación que vivió el país entre 1990 y 1994. Voy a tratar de resumir las preocupantes conclusiones que sacamos. Me perdonan amigos lectores este ladrillo.

La década del ochenta se cerró con un dramático y doloroso baño de sangre que incluyó una racha asombrosa de magnicidios. El presidente Cesar Gaviria se propuso entonces mantener la presión sobre los carteles de la droga y las guerrillas y, a la vez, desarrollar un proceso de paz, impulsar una reforma política y desatar una apertura económica. Los resultados fueron de verdad impactantes.

Se firmó la paz con el M-19 y otros cuatro grupos guerrilleros. Se dió de baja a Pablo Escobar y se desmanteló el temible Cartel de Medellín. Se aprobó la Constitución de 1991. Se dió un salto en la modernización de la economía colombiana. Todos los índices de violencia se redujeron, especialmente el homicidio que había tenido su punto más alto en 1989. El país respiraba un aire nuevo.

Pero en 1995 la situación de seguridad se deterioró y entre ese año y el 2005 se desató el más grave ciclo de violencias de la historia contemporánea del país. El 60% de las víctimas que Colombia ha acumulado entre 1958 y el día de hoy, se produjeron en esos diez años. ¿Qué pasó?

La paz fue parcial. Las FARC y el ELN no accedieron al acuerdo y se lanzaron a golpear con una dureza inusitada a las Fuerzas Ar-madas al final del siglo. Los restos del Cartel de Medellín mutaron en paramilitares mediante una alianza con políticos y empresa-rios, y fueron artífices de un ver-dadero holocausto. El Cartel de Cali logró una pavorosa infiltra-ción en la contienda presiden-cial. Los cambios políticos y la apertura económica no se com-plementaron con unas reformas sociales y con una transforma-ción de las Fuerzas Militares, con lo cual se ahondó la miseria en el campo y se disparó la vio-lación de los derechos humanos. En esas estuvimos hasta el 2005.

La situación mejoró a partir de allí. La duplicación de la Fuerza Pública y de la inversión en defensa alcanzadas en las ad-ministraciones de Uribe y Santos hicieron el cambio. Los homici-dios, las masacres, los secuestros y el desplamiento forzado, han disminuido en proporción a lo ocurrido a principios de los años noventa. Santos, con igual pers-picacia que Gaviria, comprendió que no bastaba una persecusión endemoniada sobre las fuerzas irregulares. Supo que era obliga-torio, además, un gran proyecto de paz, de integración interna-cional, de reformas y de reconci-liación. Lo ha puesto en marcha. Pero todo está apenas arrancan-do. Y aquí viene la gran preocu-pación. Las cifras recogidas por la Fundación Paz y Reconciliación muestran algo muy peligroso: Las FARC, que iniciaron su reestructuración en los tiempos de Uribe, realizaron en 2012 un poco más de 2100 acciones y le produjeron cerca de 2.500 bajas a la Fuerza Pública entre muertos y heridos, al tiempo que el ELN aumentó su operatividad. Las bandas criminales, herederas de los paramilitares, han ido creciendo y se expandiéndose de manera asombrosa. En 2012 pasaron de tener presencia en 209 muncipios a tenerla en 337, impactando a Cali y a Medellín. Producen el doble de eventos de violencia que las guerrillas.

Otra vez estamos en la encrucijada de principios de los noven-ta. Podemos ir hacia una paz duradera o hacia un nuevo ciclo de violencias. Santos y la dirigencia política tienen en sus manos la vida de millones de colombianos. También los jefes guerrilleros. No le pueden fallar al país. La firma de la paz y el inicio de un proceso de reconciliación con reformas sociales y un ambicioso plan para reducir el narcotráfico y el crimen organizado cambiará la historia nacional