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Adiós a las armas, bienvenidos a la política

Ariel Ávila Ariel Ávila, Columnistas, Conflicto, paz y posconflicto, Farc, Prensa, Sala de Medios

El 27 de junio, la guerrilla de las FARC entregó al componente de monitoreo internacional la dotación individual de armas; es decir, la dotación mínima con la que cada guerrillero andaba. La semana pasada, los contenedores que almacenaron las armas salieron de las zonas de ubicación donde se concentraron los guerrilleros durante varios meses para su dejación. Con esto, se podría decir que las FARC, entendida como guerrilla, desaparecieron.

El balance hasta el 15 de agosto fue de poco más de ocho mil armas entre caletas y dotación individual. 22.000 kilogramos de diferentes explosivos, 293.803 municiones de diferente calibre y cuatro mil granadas de mano, entre otros materiales. Con todo ello, el miércoles de la semana pasada, fue el primer día, después de 53 años, en que Colombia se levantó sin la amenaza más grande a la seguridad que ha tenido.

Las FARC desaparecieron como guerrilla y ahora están en proceso de convertirse en un partido político. El próximo 26 de agosto se realizará el Congreso constitutivo de dicho movimiento y el 1 de septiembre se conocerá su nombre, su estructura, el cuerpo directivo y los guerrilleros que saldrán a hacer política y a buscar votos para las elecciones nacionales de marzo de 2018.

El tránsito de las armas a la política de las FARC tiene dos grandes sombras. Por un lado, los retos en materia de seguridad para los exguerrilleros y el liderazgo social emergente del proceso de paz. En total, nueve exguerrilleros y 61 líderes han sido asesinados desde la firma de los acuerdos. Es decir, que en Colombia cada cuatro días se asesina un líder social. La segunda sombra, es lo ocurrido en la década de los ochenta, cuando las FARC también intentaron participar en política y crearon un gran partido junto a sectores alternativos. Más de cuatro mil miembros de ese movimiento fueron asesinados. Cayeron a manos de paramilitares, narcotraficantes y agentes estatales, una alianza que siempre se ha hecho a la hora de exterminar la oposición a la dirigencia local y regional del país. Ahora el gobierno nacional ha tomado una serie de medidas en cabeza del vicepresidente Óscar Naranjo, que han comenzado a dar resultados, pues la intensidad de la violencia contra líderes sociales ha descendido, aunque los retos son importantes.

En materia política, los debates entre los exguerrilleros son profundos. Desde el nombre del nuevo partido, pasando por el orden de las listas a Congreso, hasta el ideario programático e ideológico. Para la mayoría de la base política la sigla FARC debería mantenerse, quedando Frente Amplio para la Reconciliación de Colombia (antes era Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), pero una parte de la dirigencia sabe que esa sigla tiene un gran peso negativo en zonas urbanas, que es donde hay más votos. Sin embargo, parece inevitable que el nombre FARC se mantenga.

El debate más acalorado está en el ideario ideológico y programático. La parte más dura de la comandancia guerrillera piensa en formar un partido marxista leninista, o lo que es lo mismo, una estructura política típica de la guerra fría. Esto significaría alejar sectores con lo que pueden aliarse electoralmente, asumir un lenguaje que no le dice nada a la juventud de hoy y cargar con el lastre de la crisis de Venezuela. Todo se sabrá entre el 26 de agosto y el 1 de septiembre. ¡Adiós a las armas y bienvenidos a la política!

Columna de opinión publicada en Elpaís.com