Los otros Catatumbos

Ariel Ávila Ariel Ávila, Columnistas

Aún después de 48 horas de desaparecida la periodista Salud Hernández en el corregimiento de Filo Gringo, la Fuerza Pública no ha logrado consolidar la zona. De hecho, ayer al medio día dos periodistas de Caracol y RCN televisión fueron abordados en un retén de un grupo armado ilegal en dicha zona y no apareció fuerza pública. En medio de este debate y de las plegarías para que la periodista Hernández salga sana y salva de allí, dos cosas llaman la atención.

Por un lado, la zona del Catatumbo es una de las más militarizadas del país, allí se han hecho múltiples operaciones militares, incluso en los años anteriores dos de gran magnitud fueron lanzadas en la zona, ya que en esa región se movía Timochenko y gran parte de la comandancia del ELN.  Sin embargo, después de estos operativos militares y de más de 15 años de política antidrogas y contrainsurgencia, la Fuerza Pública aún tiene muchas dificultades para moverse. Algunos policías le dicen al municipio del Tarra Tarrakintán, para referenciar lo complejo del lugar.

Lo segundo que llama la atención es que al final del día de ayer, es decir, 48 horas después de desaparecida Salud Hernández, el comandante del Gaula de la Policía solo había podido hablar con un supuesto mototaxista que había llevado a la periodista. Pero no se había logrado poner a funcionar todo el aparato de inteligencia del Estado.

La sociedad colombiana vive la ficción de que todo está bien
a cuenta de la seguridad
de las grandes vías de comunicación del país

 Estos dos hechos permiten hacer varias hipótesis de trabajo. Hay tres muy importantes. La primera, como la región del Catatumbo hay cinco en el país. La Sierra Nevada de Santa Marta, La costa Pacífica Nariñense, el norte del Chocó y en general el Urabá chocoano y antioqueño, el sur del Chocó, y la región de Arauca. Allí, la fuerza pública no ha logrado controlar el territorio, de tal forma que después de 16 años de Plan Colombia, Política de Consolidación Democrática, el gran logro ha sido que el Estado consiguió controlar y expulsar a los grupos armados ilegales de las grandes zonas de producción y comercialización del país y de las vías de comunicación; pero en las zonas periféricas la situación no cambió mucho. Por ejemplo, las Farc salieron de Cundinamarca y Boyacá, pero los frentes de estas zonas se consolidaron en el sur del Meta. Es decir, la sociedad colombiana vive la ficción de pensar que todo está bien a cuenta de la seguridad de las grandes vías de comunicación del país.

La segunda hipótesis es que en estas zonas la represión por sí sola no genera seguridad, es importante y necesaria, pero no resuelve los temas. En el Catatumbo, por ejemplo, cerca del 60 % de la población del municipio del Tarra vive de la economía ilegal. Allá no hay vías terciarias, las zonas rurales no tienen energía, por lo eso no pueden refrigerar la comida, no hay propiedad de la tierra sino posesión por lo cual los campesinos no pueden acceder al crédito; es decir, el funcionamiento de la sociedad está hecha para que no quede otra alternativa que la economía ilegal. Aunque se han tenido resultados militares, lo cierto es que se ha condenado a la población pobre a vivir de la ilegalidad, y la ilegalidad solo la administran organizaciones criminales.

Por último, hay un tema grande de corrupción: en los últimos meses y antes de la muerte de Megateo se sabía de la doble nómina a miembros de la Policía y en general personal de la seguridad el Estado. Igualmente, Norte de Santander fue uno de los departamentos donde el fenómeno de la parapolítica fue más profundo, pero la impunidad es de las más altas. La pervivencia de organizaciones criminales también es producto de la penetración criminal al Estado y la corrupción.