Las transformaciones recientes del crimen en Colombia

Ariel Ávila Ariel Ávila, Columnistas, OPINIÓN

Hace dos años en Buenaventura, el puerto más importante de Colombia, ocurrió una confrontación entre un grupo neoparamilitar llamado Autodefensas Gaitanistas de Colombia (AGC) y un grupo criminal local conocido como La Empresa. Los grupos se disputaron el territorio, pero la confrontación fue diferente, ninguno de los dos movilizó grandes contingentes de tropa y tampoco hubo una violencia masiva. Sólo se presentaron dos hechos que hoy se replican en varias zonas de Colombia y de los que también se ven episodios en Centroamérica.

El primer hecho es la subcontratación criminal. Las AGC no se tomaron la ciudad a sangre y fuego, lo que hicieron fue asesinar a cuatro jefes de pequeños grupos juveniles violentos que vivían del expendido de droga, luego pusieron un jefe nuevo en cada grupo y los contrataron para que desde ese día empezaran a llamarse Urabeños, el otro nombre por el que también era conocido este grupo criminal.

Es decir, había una fuerza de élite llamada AGC y luego, en varias zonas del país, subcontrataron delincuentes locales para que fueran la segunda línea de operación. En Buenaventura fue donde comenzaron a formarse estos tipos de grupos, estaban conformados por no menos de diez jóvenes y no más de 30. La Empresa también hizo lo mismo y creó grupos de jóvenes para afrontar la guerra. Cada estructura dividió la ciudad en zonas y designó a un interlocutor que era el encargado de mantener cierto control sobre estos grupos juveniles. Como resultado Colombia ahora es así, la delincuencia se subcontrata a nivel local y regional, y las franquicias criminales hoy son el común denominador.

Estos grupos juveniles violentos, llamados pandillas en Colombia (un fenómeno diferente del centroamericano), tenían altos grados de autonomía criminal: trabajaban para las AGC y se relacionaban en temas de narcotráfico pero podían tener actividades criminales independientes, como el manejo de rentas de extorsión y la trata de personas. Sin embargo, cuando terminó la guerra y las AGC ganaron, estas pandillas aumentaron las cuotas de extorsión porque el pago que recibían de las AGC empezó a disminuir. La situación llegó a ser tan complicada que las pandillas extorsionaban locales comerciales pidiendo cuotas en especie, llegaron a exigir arroz, cereales y carnes, entre otras cosas.

En Medellín, hace algunos meses salió un informe sobre mercados criminales en el cual se narraba como estos grupos, allá llamados Combos, obligaron a los locales comerciales a vender productos elaborados por las madres o los familiares de los jefes de estos grupos; alimentos como empanadas y arepas hacían parte de la lista. En Cali, en el sector de Terrón Colorado, el fenómeno es el mismo, pandillas que quedaron armadas luego de la guerra se están empobreciendo por la ausencia de recursos, y ahora han desatado una guerra con otros grupos delincuentes por el control de los mercados.

La cosa tomó tal descontrol que, de hecho, en Buenaventura, cuando estas pandillas incrementaron las extorsiones, varios comerciantes hablaron con los jefes regionales de las AGC y estos enviaron a su fuerza élite, “los gaitanistas”, para que asesinaran a estas pandillas que hacían parte de su propia organización.

Hoy las organizaciones criminales ya no emprenden grandes proyectos para tomarse un territorio, lo que hacen es subcontratar grupos criminales locales y así evitan exponer ante las autoridades a sus estructuras; así mismo, el gasto económico y social disminuye. Y por otra parte, este tipo de contratación criminal lleva a una violencia entre grupos pequeños, creando la visión para las autoridades de que todo es un problema de delincuencia juvenil y anárquica.

El segundo hecho que ocurrió en Buenaventura fue el uso de las famosas “casas de pique”. Célebres por ser lugares en los que se descuartizaron personas cuyas partes del cuerpo luego se tiraron por las calles del puerto o se regresaron a los familiares de la víctima. Hoy los descuartizamientos se siguen repitiendo en Cali y en Medellín. A estos hechos se les comenzó a llamar “homicidios ejemplarizantes”: la táctica, no asesinar 30 o 40 personas sino asesinar solamente a una, con una sevicia desmesurada, para causar miedo y pánico generalizado; la estrategia: controlar a través del miedo causando el mayor pánico posible con el menor desgaste en los niveles de violencia utilizados.

La violencia simbólica de estos homicidios ejemplarizantes logró y sigue logrando su cometido: se somete a una población sin usar violencia masiva, se utiliza la selectiva, y estos bajos niveles en las cifras de violencia mantienen tranquilas a las autoridades.

Columna de opinión publicada en El país de España